La historia de la calle Susona en Sevilla

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Escrito por  16.Viajes    ·   12 Ene 2020  


¿Sabíais que la calle Susona, en el barrio de Santa Cruz de Sevilla, esconde una trágica historia detrás, digna de la mejor obra de teatro shakesperiano? Muchos guías sevillanos cuentan la historia de la bella judía conocida como Susona como si fuera una leyenda, pero lo cierto es que son hechos documentados que ocurrieron en la realidad hace ya más de cinco siglos. Para contar la historia de Susona, nos remontaremos al siglo XIV, un siglo antes de que se produjese, para entender mejor el contexto que desencadenó tal desenlace.

En los tiempos en que la judería de Sevilla hacía honor a su nombre y daba cobijo a una numerosa comunidad judía, muchos de ellos provenientes del recién conquistado Califato de Córdoba, se produjo uno de los episodios más dramáticos y sangrientos de la ciudad. 

En aquella época, cristianos, musulmanes y judíos convivían en la ciudad de Sevilla siguiendo los preceptos de sus propias religiones. Sin embargo, los cristianos, al no poder comerciar por imposición de su religión, sentían un cierto recelo hacia los judíos, que se dedicaban mayormente a la industria y la banca. Ésto y la riqueza que acumulaban suscitaban la envidia del resto de la población y provocó que en el año 1391 una muchedumbre liderada por Ferrán Martínez, arcediano de Écija, decidiese adentrarse en el barrio de la Judería a exterminar a todo judío que se le pusiera por delante. El barrio de Santa Cruz sólo disponía de dos entradas: la de Mateos Gago y la de la Puerta de la Carne, por lo que era una trampa mortal para las familias de judíos que allí vivían. Se dice que más de 4000 almas perecieron ese día...

Poco después, para evitar que pasara algo así de nuevo, se otorgó a los judíos protección real. No obstante, no fue suficiente ya que seguían sufriendo persecuciones y vejaciones por parte de los cristianos. Todo ello desencadenó en una conspiración por parte de unos cuantos nobles poderosos judíos, encabezada por Diego Ben Susón. Este poderoso banquero judío, tenía una hija: Susana Ben Susón, más conocida como la Susona, y que era célebre en toda la ciudad debido a su belleza. Tanto era así que la apodaban la fermosa fembra entre los habitantes de aquella Sevilla medieval. Susona, siendo consciente de ello, no se conformaba con cualquier amante y se movía por las altas esferas de la época, así que empezó a salir con un poderoso caballero cristiano a escondidas de su familia. 


calle susona sevilla - azulejo susona maria luisa


Un día, cuando se disponía a ir a ver a su amado, se paró frente a la puerta de la sala de su casa, donde estaban reunidos varios nobles judíos importantes. Dicen que todas las casas de la judería de Sevilla están conectadas mediante pasajes subterráneos, así los judíos podían visitarse los unos a los otros sin que nadie les molestase. La Susona se detuvo y escuchó toda la conversación con atención y sin desvelar su presencia a los conspiradores.


Los cristianos deben pagar por lo que han hecho. La protección real que nos dan es totalmente insuficiente.

Ya hemos entablado comunicación con nuestros amigos de Portugal. En el Norte de África también se están movilizando para una posible invasión morisca. Un barco lleno de armas escondidas bajo lana y algodón está de camino por el Guadalquivir.

Voto por liberar a los presos de la cárcel. Son gente agresiva y una vez libres, no tendrán mejor cosa que hacer que servir a nuestra causa.

Tenemos que acabar con todos esos nobles cristianos que nos miran por encima del hombro y nos condenan al ostracismo.

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La bella judía-conversa se alarmó, al darse cuenta de que su amante estaría entre las primeras personas a las que los conspiradores, liderados por su padre, darían muerte. Salió por la ventana por la que solía escabullirse y se dirigió a contarle a su amado lo que acababa de presenciar. Éste fue a denunciar los hechos a Diego de Merlo, asistente mayor de la ciudad y guarda mayor de los Reyes Católicos, el cual acudió con tropas de soldados para arrestar al grupo de conspiradores, a los que juzgaron y condenaron a morir en la horca de Tablada, donde se dejaban los cuerpos colgados a que se descomponieran durante varios meses. Dicen que Diego Ben Susón, que era un tipo bastante afable y con buen humor, bromeó en el camino que le llevaba hacia su verdugo, al tropezarse varias veces con la cuerda de esparto que le ataba de pies y manos, dirigiéndose a uno de sus captores y diciéndole:

    - Perdone, ¿sería usted tan amable de aflojarme los lazos de seda que me han puesto? 

Cerca de veinte personas fueron ajusticiadas por conspiración y condenadas a morir ese día, todas ellas distinguidas personalidades judías y mercaderes de Sevilla. La Susona sintió tal remordimiento de culpa, que acudió a la Catedral de Sevilla, donde el arcipreste Reginaldo Romero la bautizó y confesó. Tras aquello, se retiró a un convento y permaneció ahí durante varios años. A su muerte, se extrajo de su testamento una extraña petición:

“Y para que sirva de ejemplo a los jóvenes y en testimonio de mi desdicha, mando que cuando haya muerto separen mi cabeza de mi cuerpo, y la pongan sujeta en un clavo sobre la puerta de mi casa, y quede allí para siempre jamás”


Y así se hizo: la cabeza de la desdichada judía permaneció allí casi dos siglos, desde el siglo XV hasta finales del XVI, cuando decidieron retirarla por lo tétrica que resultaba. A la calle se la conoció por ello durante muchos años como “calle de la muerte”, pero se le cambió el nombre por el de Susona para honrar a esta desdichada y bella judía sevillana. 


calle susona sevilla - calle susona


Se puede llegar desde el callejón del Agua, pasando por un pórtico de ladrillo en la calle Pimienta o desde la plaza de Doña Elvira.


calle susona sevilla - azulejo calavera susona


Justo en el lugar donde se encontraba el clavo, se puede observar hoy en día un azulejo con una calavera pintada. Como dato curioso: tanto ese azulejo como el de Susona más arriba, que se encuentra en el parque de Maria Luisa, fueron hechos por la misma fábrica: la prestigiosa y extinta fábrica de cerámica de Ramos Rejano, que estaba en Triana y que viste la ciudad con sus vivos colores.



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