La leyenda de Julius César d'Austria, el hijo bastardo de Český Krumlov

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Escrito por  16.Viajes    ·   6 Dic 2019  


Una de las cosas más interesantes de visitar una ciudad medieval, que conserva casi el mismo aspecto de antaño, es la posibilidad de recrear las historias y leyendas de personajes de eras pasadas en primera persona. En Český Krumlov las historias de miedo comienzan a contarse solas en cuanto se pone el sol. Una de las más famosas y que está en boca de cada guía turístico que recorre la ciudad en busca de turistas inquietos y con hambre de saber los secretos que entrañan el palacio construído hace casi mil años, es la del hijo bastardo del emperador Rodolfo II de Habsburgo (Rudolf II), que marcó la historia del castillo y de la ciudad hasta nuestros días. 


El hijo bastardo del Imperio Romano

El rey Rodolfo II, emperador del Sacro imperio Romano-Germánico, tuvo varios hijos naturales con su concubina Catarina Strada (Kateřina Stradová). Al no ser su esposa, a los hijos se les consideraba bastardos en aquella época. El mayor de todos ellos, nombrado Julius Cesar para conmemorar a su antecesor romano, se mostraría problemático y nada dócil durante su juventud. Después de meterse en numerosos problemas y llevar una vida de lo más insana, sus progenitores acabaron hartos de él, por lo que lo enviaron al castillo de Český Krumlov para mantenerlo a raya. Una vez en la pequeña ciudad, Julius hizo prácticamente lo que le vino en gana. Lejos de remodelarse, sembró inquietud entre los habitantes de la pequeña ciudad. Su adicción al vino y a las mujeres, mezclados con que era una persona violenta y de humor cambiante por naturaleza, le proporcionaron una reputación nefasta pero bien merecida. Hoy en día, se podría haber diagnosticado su comportamiento como una consecuencia de la esquizofrenia que sufría.


Markéta Pichlerová

La gota que colmó el vaso fue cuando conoció a la hija de un barbero local: Markéta Pichlerová. Ésta, a sus 16 años, se convirtió en su amante preferida. Los habitantes de la ciudad sabían de la naturaleza violenta de Julius, pero aún así, se dice que la madre de Markéta pensaba que sería bueno para su hija el que se juntara con alguien de la alta nobleza. No podía estar más equivocada. Una noche en la que Julius se emborrachó más de la cuenta, en un ataque de ira, apuñaló a Markéta numerosas veces y arrojó su cuerpo ensangrentado por una de las ventanas del castillo, creyéndola muerta. A pesar de las heridas, se dice que cayó sobre un montón de basura que amortiguó la caída y logró sobrevivir.


Los padres de Markéta la escondieron y curaron sus heridas, pero no pudieron evitar que Julius se enterase de que seguía con vida. Primero, rogó a los padres para que le dejaran verla, prometiendoles que no le haría daño nunca más. Ante la negativa de éstos, mandó apresar al pobre barbero, que fue mandado a prisión. Allí pasaría unas cuantas semanas, hasta que Markéta, alentada por su madre, decidió dejar de esconderse y se apareció en el palacio. Liberaron al padre inmediatamente, pero la muchacha no corrió la misma suerte…


Una noche en la que Julius estaba más borracho de lo normal, mandó a Markéta a la cama y le dijo que le esperase allí. Cuando volvió, la atacó brutalmente con una espada y la mató. Con el cuerpo aún caliente, liberó toda su crueldad contra él: le desfiguró la cara fracturándole el cráneo, le sacó los ojos y le cortó las orejas. Luego lo desmembró y lo cubrió con una sábana. Al día siguiente, volvió en sí y se puso a sollozar frente al cuerpo, mientras metía los dedos en las heridas del cuerpo de la maltrecha joven. Hizo que sus restos fueran depositados en una simple caja de madera. 


Últimos días de Julius César D'Austria

El emperador se enteró de todo unas semanas después (aún no existían los teléfonos móviles en aquella época), y mandó encerrar a su propio hijo en prisión. Sin embargo, para entonces Julius ya se había recluido voluntariamente en su propia habitación. Después del asesinato, la enfermedad mental que padecía se hizo más latente y se desarrolló hasta el punto que Julius no hablaba con nadie y se negaba a asearse o comer. Su cama estaba llena de excrementos y el mobiliario de la habitación estaba destrozado. Dicen que tiraba todo lo que pillaba por la ventana e increpaba a la gente que pasaba por debajo. Decidieron entonces meterlo en una habitación en la que sólo había un lavabo y una cama. Allí pasaría sus últimos días, andando desnudo, durmiendo en el suelo y en las peores condiciones higiénicas posibles. 




Finalmente, se lo encontraron un día muerto y con la boca llena de pus: se había ahogado después de que se le reventara una úlcera en la garganta.


Curiosamente, lo enterraron en el mismo monasterio donde enterraron a Markéta, lo cual parecía más una broma macabra que otra cosa… pero bueno, eran otros tiempos. 


La tumba de Don Julius César, el bastardo de Český, aún no ha sido hallada ni probablemente lo sea jamás, pero se quedará para siempre presente en las historias de miedo que rodean a esta magnífica ciudad checa.


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